Una historia de amor y oscuridad


El escritor israelí Amos Oz fue galardonado recientemente con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007. Nacido en Jerusalén en 1939, este autor relata la anécdota de su vida en “Una historia de amor y oscuridad”, reeditada hace algunos meses por la editorial española Siruela. Amos escribe sobre las experiencias y los retos oscuros de épocas salvajes en un tiempo de odio e intolerancia hacia los judíos.
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Por Francisco Ruiz Udiel -Tomado de www.caratula.net

Este libro no es una autobiografía, no en el sentido que algunos lectores pueden darle. Para esto el escritor Amos Oz se adelanta a las preguntas del lector perezoso, sociológico, cotilla y mirón. Si uno abre el libro tratando de buscar qué es real y qué ficticio, lo mejor es sentarse en las piernas de un historiar y que nos diga qué sucedió realmente. Amos sugiere no preguntar qué busca decir el autor, sino que nos dice la obra a nosotros desde la imaginación. Qué hay entre el relato y uno mismo. En todo caso es mejor retomar la obra por su verdadero valor: una novela de amor y oscuridad. Amor por la relación del autor con su familia, y oscuridad por el siglo previo a la Primera Guerra Mundial cuando el sionismo se estaba gestando durante el imperio otomano, los años previos y durante el holocausto, pero específicamente por la muerte de Fania, la madre de Oz cuando éste tenía doce años, lo que representó para el autor una traición infame que sólo pudo asimilar con esta obra.

La historia de Amos proviene del silencio obligado en la infancia cuando su madre hablaba cinco lenguas, leía en ocho lenguas y por las noches soñaba en yiddish. Una ironía forzada por el antisemitismo en Europa y que Amos considera actualmente como una enfermedad mental.

La novela se desarrolla en parte en los
años veinte cuando Jerusalén era una ciudad altamente rica por su cultura, pero aún bajo el mandato británico. Amos creció en un barrio habitado por rusos tolstoianos salidos de alguna novela de Dostoievki, como si los personajes vivieran entre el entusiasmo y la depresión. El habitante de Jerusalén para la época soñaba con ser un “hebreman”: el típico poeta-obrero-revolucionario. Un hombre sin miedo. Pero este miedo tenía que pasar las pruebas contra el odio y la educación burguesa europea que multiplicaba las trabas del providencialismo religioso judío. Pasar las pruebas contra el silencio que hacía del hebreo una lengua bajo tierra. Amos cuenta que en momentos íntimos, sus padres no hablaban hebreo y en los momentos más íntimos no hablaban en absoluto. Él compara esta sensación con la de un conductor miope que va de noche en una calle de una ciudad extraña y además, en un vehículo que no conoce. El miedo de cometer un error, miedo a la censura, a la intolerancia. Miedo a la imprecisión.

Afirmo, no con acento lapidario ni categórico, que durante la infancia el temor no es importante si se mira desde afuera. Lo más importante es comprender a veces el porqué y a qué se teme. Tratar de asimilar la lógica del odio, del fracaso y la herencia histórica. No basta entender la diferencia entre el bien y el mal, sino las razones de su origen. A este dilema se enfrenta el personaje de la obra. Para citar un ejemplo, un día Amos se dirigió a una tienda a comprar queso. Pero había un acuerdo: no comprar queso importado. Al llegar a la tienda se encontró con dos tipos de quesos: uno árabe y otro judío. El árabe era más barato, pero al comprarlo se traicionaría al sionismo. La solución estaría en boicotear el queso árabe o simplemente seguir la regla férrea. Ese día Amos compró el queso árabe, mucho más rico y más barato.

Con esta breve anécdota Amos sugiere que el odio está fundado, en parte, en la irracionalidad, en la no tolerancia incluso por parte de Jerusalén, una vieja ciudad ninfómana que exprimía hasta agotar al otro. Y en esta idea de la tolerancia se basan las obras de Amos. Fue su Tío Yosef, personaje erudito en la obra quien le mostró el mundo de los libros, el que un día le dijo: “lee”, al igual que una voz divina en una cueva dijo a Mahoma: lee. Y de allí nació El Corán, dictada durante varias décadas al profeta en Arabia. Una simple pero inmortal palabra: lee.

En cuanto al tío Yosef, este era una persona muy inteligente, decía que el ser humano debe aprender la cultura del otro hasta asimilarla. Según Amos esta afirmación está basada en la tolerancia y en imaginar al otro. Pero imaginar al otro no significa amarlo, estar de acuerdo con él ni apoyar su opinión. Sino imaginarse a uno mismo en la vida del otro. Ese es el primer paso.

Amos aprendió mucho con su familia. Poco antes d
e morir su abuela Shlomit, le enseñó que cuando ya no quedaran más lágrimas por derramar, entonces utilizara el humor y la risa como aliciente. Amos le tomó la palabra y escribió una historia que oscila entre la melancolía y el humor. Quizá también era necesario tener mucho humor frente a la desgracia para contar una historia trágica donde los judíos heredaban el desprecio, producto de las estrategias geopolíticas y una época donde la lógica del fanatismo y la aversión sugería proteger a Europa de los judíos. Una época que se inculcaba en las clases de astrología que el mundo era infinito excepto para los judíos.

En este libro Amos Oz aprende a reír. A contar mejor el origen de la intolerancia entre Palestina e Israel: dos familias infelices, no enemigas. A conciliar el silencio con la poesía y la literatura. Aprendió a reír para contrarrestar el miedo y enfrentar los retos oscuros de épocas salvajes. “La única manera de defenderte contra el gen fanático es tener sentido del humor”, dice Amos, un escritor de compromisos que no busca definir a héroes ni villanos en esta obra, sino que cuenta la miseria humana desde diferentes ópticas.

Comentarios a : francisco_udiel@yahoo.com

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