Odiar a Le Clézio
FRANCISCO RUIZ UDIEL


Esperaba que ocurriera algo extraordinario desde las primeras páginas de la novela “El diluvio” (Seix Barral, 2008) del francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, Premio Nobel de Literatura 2008; un buen inicio que me hiciera pasar la noche leyéndole. Sucedió lo contrario: la primera noche pasé odiándole. Sentí que estaba perdiendo mi tiempo. No aparecía ningún personaje, la narración cansada y tediosa amenazaba con extenderse hasta el final del libro. Por primera vez me sentí torturado por un escritor.

Conocí al personaje de la obra, François Besson. De él sabemos únicamente que es un tipo muy alto y delgado. Es una descripción somera, pero así lo presenta su autor. Se trata del francés más ordinario de la época y con una vida solitaria. Me refiero a Besson, aunque a estas alturas también consideraba lo mismo de Le Clézio, a quien lo único que “le cleció” fue la fama, pensaba mientras continuaba leyendo.

Pero sucedió, describe el autor, que un día, “el 25 de enero, a las 15.30 horas”, apareció una muchacha en un velomotor. Bordeó la calle y de pronto un grito surgió hacia el cielo y ella se esfumó. Luego reapareció trescientos metros más lejos, en el momento que el grito volvió a caer sobre la tierra.

Es decir, la muchacha dobla en una esquina “X” y se dirige hacia un faro “Y” que está en mitad de la calle. Luego continúa su rumbo hacia la otra esquina X. Pero entre la primera esquina y el faro, ella habrá desaparecido. No sabemos si en ese período de tiempo transcurrieron mil años. Sólo sabemos que en ese espacio “la lluvia caerá siempre, pero no será lluvia”, como poéticamente dice Le Clézio. Lo que ha ocurrido con la muchacha es que se ha desintegrado, su cuerpo se ha vuelto polvo y se ha desmoronado en migajas por la calle.

Es aquí donde empieza a revelarse mejor el novelista, más poético y existencial. Por su parte, Besson siente que su cuerpo también se transforma. Una especie de enfermedad se instala en su cuerpo, similar a “La Náusea” de Jean-Paul Sartre.

Besson es un hombre que bajo la tempestad y el ruido del mundo quiere convertirse en agua, en lluvia, volverse transparente y vivir en la nada, como la muchacha del velomotor que regresa de otra vida con el rostro mojado y con sus labios entreabiertos como si hubiera bebido algún “brebaje invisible”.

En este punto, Besson emprende un viaje por todo París. Conoce a una mujer de cabello pelirrojo. La abandona. Se abandona a sí mismo en la miseria, conoce el hambre y la sed. Se baña y afeita en lavamanos públicos. Entonces empezamos a vivir el mismo tedio que él siente, el mismo cansancio por la vida, hasta llegar a enfermarnos en esa otra náusea, ahora llamada “el diluvio”.

Besson comienza a convivir con las cosas, con los objetos, contempla el mundo y nos cuenta qué va observando. De ahí que el libro esté lleno de descripciones, de detalles que muchas veces son superficiales pero que intentan decirnos algo. Ya no es Besson quien importa en la obra, sino los sucesos, los objetos que van cobrando vida. Por esta razón no hay una identificación con el personaje, aunque sí llegamos a sentir la angustia que él experimenta al describir los objetos. Pero, ¿por qué ocurre esto en la obra de un autor que mereció el Premio Nobel de Literatura?

Efectivamente Le Clézio es uno de los herederos de la “nouveau roman”, corriente gestada en los años cincuenta, en donde uno de los máximos exponentes fue Claude Simon, otro Premio Nobel de Literatura. Este tipo de novela no intenta construir un perfil sicológico de sus personajes; en cambio, es muy detallista con las descripciones y más bien se enfoca en los objetos. Por esta razón también es conocida como la corriente del “objetalismo francés”.

La narración por tanto, como también ocurre en “El diluvio”, se ubica en el mundo exterior de las cosas y poco importa qué suceda con el personaje. El personaje tendrá que conformarse con ser un medio, no un fin. No es casualidad también que este tipo de novela forme parte de la llamada “escuela francesa de la mirada”, pues se trata de contemplar, de observar con precisión y, a partir de ahí, empieza el relato. Y dice Le Clézio en esta obra, traducida y publicada por primera vez en español en 1969:
“Es necesario que la mirada penetre en lo más profundo de la materia, separándola (….) hasta el punto impreciso del estupor matemático; hasta este punto “X” de la angustia y del desespero; donde todo cuerpo abolido, pasa a ser únicamente el hogar del vacío”. (p-316)
En ese punto “X” es donde la contemplación provoca una fusión entre el ser y materia, hasta volverse una unidad, hasta desaparecer en ese punto que es el vacío. Hasta desaparecer como Besson, o como la muchacha del velomotor, que termina volviéndose polvo y fundiéndose con el universo. En este punto “X” también hemos dejado de odiar a Le Clézio.

Artículo publicado originalmente en la edición número 29 de www.caratula.net

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