AL OTRO LADO DEL RÍO


Francisco Ruiz Udiel

Al otro lado del río, en Estelí (Nicaragua), están los barrios que alguna vez fueron vistos de manera despectiva. Uno de ellos es el “Panamá Soberana”. Ahí vivo cuando regreso dos veces al año a mi pueblo natal, cuya traducción proviene del matagalpa “lí” (río) y del náhuatl “eztli” (sangre), es decir, Río de sangre.

Hace más de veinte años, la gente que vivía al Oeste, donde están parte de estas aguas, era considera como gente de la “montañita”, gente pobre. Cruzar el puente del Panamá era entrar a un territorio de polvo y de violencia por las pandillas, y daba la sensación de estar viajando lejos aunque la distancia de ahí al centro de la ciudad fuera únicamente de seis cuadras.

Vivir ahora al otro lado del río adquiere cierto romanticismo e incluso el privilegio de permanecer lejos de la calle principal de Estelí, que se convirtió en un amplio paseo de tiendas de peluches y ropa usada sacados de pacas importadas de Estados Unidos, que por disimulo y timidez son llamadas “Tiendas Pakistán”.

Para imaginar el río nos trasladamos a Oriente, donde se originan algunas de sus corrientes que bajan de zonas montañosas y de las comunidades de El Quebracho, El Naranjo y Buenos Aires; luego siguen su curso hacia el Suroeste y se juntan con otras que llegan de la comunidad de El Limón; continúan su ruta hacia el Norte para formar algunas pozas como Los Hornos, El Porvenir, Las Joyas, Los Quesos, Las Peñitas, Las Sábilas (que cruza debajo del puente del Panamá) y San Lázaro, entre otras. Muchas de estas pozas cambiaron su fisonomía posterior al huracán Mitch.

Todo esto me hace recordar que hace años, cuando llegaba el invierno, las inundaciones derrumbaban el puente del Panamá y aislaban al barrio del resto de la población. Pero aquéllo no apesadumbraba a mis amigos ni a mí. Para ir a las discotecas del centro, el reto era saber cómo cruzar el río, así que nos quitábamos la ropa y los zapatos, la metíamos en una bolsa plástica y luego formábamos una cadena con los brazos; así cruzábamos a media noche, en calzoncillos y rumbo a las fiestas. Al otro lado nos volvíamos a vestir.

Recientemente, tras detener la mirada sobre las aguas de la ciudad río, me doy cuenta de que por cada sitio por donde pasan parecieran adquirir nuevas formas, que van desde caudales que lo arrastran todo hasta corrientes más calmas. “Todo fluye, nada permanece”, nos recuerda Heráclito, y así tiene que ser.

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