REGRESO A LOS ÍDOLOS


Francisco Ruiz Udiel

Tenía años sin ir a Los Ídolos, pizzería y cantina de la rotonda de Bello Horizonte de Managua, uno de los pocos lugares que cierran con la salida del Sol. Ahí, los mariachis van de mesa en mesa ofreciendo su repertorio. Deben de estar hartos de cantar lo mismo. El ambiente se torna detestable cuando se mezclan los olores de perfume barato, humo del tabaco y Pine-Sol.

Las paredes están adornadas con cuadros de mujeres que posan en biquini y escopetas, esa combinación de la violencia erótica; también hay pieles disecadas de animales y helechos de plástico. Nos sentamos próximo a los baños y cerca de una ventana con rejas, desde donde espiamos a las cocineras.

Los mariachis rodean una mesa donde está un grupo de hombres con dos muchachas tomando ron. Tras ver el aspecto de aquéllas, una amiga me pregunta que si son trabajadoras sexuales. “No, no son putas”, le digo, pensando que a las cuatro de la madrugada los eufemismos resultan pretensiosos.

Una de las muchachas manosea a quien podría considerarse su amante o esposo; éste lleva una cadena de plata en el cuello y usa camisa a cuadros. En otra mesa, un hombre permanece solo, toma una cerveza; tiene el aspecto de esa gente segura de sí misma; también tiene un cigarrillo en la oreja, como hacen los carpinteros con los lápices de grafito. Quizá se trata de alguien que no acostumbra a fumar mucho, pues sólo quienes compran cigarrillos al menudeo hacen eso, de lo contrario tendría una cajetilla sobre la mesa; podría aducir que no es ansioso, aunque pareciera que estuviera esperando a alguien.

En nuestra mesa seguimos hablando del cumpleaños de la Claudia, que ríe a carcajadas mientras su novio le besa el cuello. A los demás nos provoca envidia, pero tenemos que conformarnos con los tragos melancólicos de las cervezas. Así pasamos hablando de música y burdeles; de las canciones viejitas de Los Bukis y esas rolas “corta-pulso” de Los Temerarios.

Más tarde voy al baño y encuentro a dos hombres que seguramente se equivocaron de lugar; pienso que lo mejor sería retirarme, pero trato de actuar de forma natural, como si aquello no tuviera relevancia para mí. Uno de ellos está con la mano derecha puesta sobre la pared y con los ojos cerrados. Jadea. Ninguno de ellos se ha percatado de mi presencia. El que está de pie es el mismo hombre del cigarrillo en la oreja; el otro es el de camisa a cuadros, quien está agachado haciéndole sexo oral. Entonces hago un ruido con la garganta para darles tiempo al disimulo y evitar que se sientan avergonzados. El que está agachado me observa y dice: “Donde caben dos, caben tres”. “Muy amable, pero no me gustan los batidos”, respondo.

Termino de subirme la cremallera y veo de soslayo en estado de alerta ––por aquello de las sorpresas––. Salgo del baño y regreso a la mesa para seguir conversando. Luego observo que del baño primero sale el tipo del cigarrillo y regresa solitario a su mismo sitio. El otro sale después, secándose las manos en el pantalón y llega donde su mujer, quien le da un beso en la boca y le increpa su tardanza. “No era nada ––dice él –– es que me quedé saludando a un amigo que no miraba desde los tiempos de la Universidad”.

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